28 feb. 2013

La mentira del colesterol

Ultimamente en Francia andan publicando algunos libros bastante críticos respecto a la medicalización. Quizás porque ya vienen entrenad@s por el trabajo de fondo de Prescrire, el caso es que parece que la información médica se va saneando por esos lares, aunque no cruza tan fácilmente los pirineos. Acá copio una referencia que encuentro en El gerente demediado sobre el libro de Philippe EvenLa vérité sur lecolesterol.


“No hay ningún ejemplo en toda la historia de los medicamentos de un patinazo científico y ético semejante, así como de una cascada de engañifas tan moralmente chocantes”. Even considera al colesterol un enemigo imaginario a la manera de Molière, contra el cual millones de personas llevan peleando desde hace años a través de unos medicamentos ( las estatinas) que no sirven de nada. Se trataría simplemente de “una enfermedad de charlatanes, inventada por la industria farmacéutica para acumular beneficios colosales”. Esto último parece difícil de discutir puesto que solo en Francia más de 5 millones de personas toman estatinas, lo que supone un gasto de 5 millardos de euros , aproximadamante una cuarta parte del déficit del seguro de enfermedad ( en el mundo se calcula que 200 millones de personas toman estatinas con un coste estimado de 25 millardos de euros).

 Por acá mientras seguimos permitiendo anuncios aterradores de marcas lácteas que nos dejan claro que el colesterol es incompatible con la vida. Así no me extraña que al leer un análisis de sangre casi todo el mundo haga siempre la misma pregunta: "Doctor (o doctora) ¿y el colesterol qué tal?", lo que viene a ser un "¿Me voy a morir?". Ni que cualquier persona con diversas patologías se lleve sí o sí un hipolipemiante, asociado al omeprazol, otro clásico que no puede faltar.

24 feb. 2013

"Soy un profesional"

Érase una vez un libro llamado "Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal", de un tal Antonio Baños, interesante como pocos, y con algunas joyas como esta descripción que hace del papel de los profesionales en estos tiempos que nos corren por encima:

El profesional 

Cuando yo era niño, estaba muy claro quién era un pro­fesional. Si era un hombre, traía mira telescópica, y si era una mujer, ligueros. Los demás tenían su oficio o simple­mente trabajaban. Sin embargo, hoy, cuando una persona se presenta ante sus congéneres, se lleva la mano al pecho y dice «soy un profesional», como si se tratara de la defini­ción más amplia y benévola de su condición mortal.
  
El proceso de generalización es muy característico de lo neofeudal. La complejidad debe ir agrupándose y di­solviéndose en grandes bloques. Como ya hemos visto, existe un imperativo por parte de la hegemonía para que pasemos de lo concreto a lo genérico. Como periodista, recuerdo que antes se decía que trabajabas en un periódi­co, pero pronto pasó a ser un medio y ahora se le suele definir como producto. De la misma manera, un sastre, por ejemplo, pasó a ser un empresario y ahora gusta de calificarse como emprendedor, una categoría no laboral sino moral y genérica de la existencia. En esa misma lí­nea, «profesional» es un término que ha conseguido aglu­tinar casi toda la actividad humana. Ser profesional no señala un sector o una habilidad, es una predisposición, una actitud.


Antes alguien tenía una profesión cuando dominaba un saber técnico concreto y además encajaba en las normas éticas y de comportamiento social de sus semejantes. Alguien inscrito, y al corriente de pago, en el colegio de abogados ejercía una profesión, mientras que un tipo que reparaba bicicletas por su cuenta tenía un oficio. Esa con­notación ha sido abolida. Ya no existen las profesiones, pero sí se ha extendido el comportamiento profesional, es decir, obediente a las reglas. Si nos remitimos a la eti­mología de la palabra, veremos que cuadra de manera sorprendente. Profesión viene de pro-fateri, un verbo que significa admitir, confesar, aceptar; de ahí que se diga «profesión de fe». Por lo tanto, ser un profesional no tie­ne nada que ver con una habilidad o un conocimiento técnico: se trata de alguien que profesa, que sigue con fe las reglas establecidas.

Y llegamos a donde queríamos. El mito de la profesionalidad es un inhibidor ético de una eficacia absoluta. Un profesional en ejercicio de «su profesionalidad» pier­de su capacidad de elegir, de distinguir entre el bien y el mal. Hay una suspensión de la persona, del individuo a fin de que actúe ese eslabón social que es el profesional.


Un soldado que ametralla civiles, un empleado judi­cial en un desahucio, un MBA que despide a trabajadores para dar beneficios a los accionistas, o el trader que hace subir el precio del trigo para ganar más con unos contra­tos de stock options. Todos ellos necesitan un amparo so­cial para hacer el mal. Una descarga moral. «Yo sólo hago mi trabajo», dicen, lo que supone que mi ocupación deja partes de mí fuera de mis acciones, me aliena, pero a su vez me libra de juicio. El profesional ya ni siquiera nece­sita utilizar aquel socorrido «yo cumplo órdenes». Ante­riormente, los mandatos necesitaban dos juicios morales: de quien da las órdenes y de quien decide obedecerlas. Por el contrario, el profesionalismo, al erigirse como un credo impersonal, evita ese mal trago, y da paso a la justi­ficación «hago eso porque es "la profesión" la que me obliga». Desde el gran banquero hasta el empleado de ventanilla que sugería la firma de la hipoteca, todos utili­zan la misma explicación, todos niegan haber sido ellos. Ahora bien, apelar a la profesión es etimológicamente lo mismo que confesar, por lo que las acciones indecentes hechas bajo el amparo de la profesionalidad no son más que burdas confesiones.
 
Otra virtud del culto al profesional es su horizontali­dad. No importa si vendes kalashnikovs o eres animador infantil; si trabajas como becario precario o como predador financiero, todos somos iguales (tenemos los mismos derechos), pues todos actuamos como profesionales, y ese profesionalismo delimita nuestro espacio y nos invita a no movernos de allí. «Me acaba de abrir la cabeza, agente.» «Lo siento, soy un profesional. Hago mi traba­jo.» Este matiz performativo es decisivo. El profesional sólo puede representarse ante los demás con su gesto, con su actuación, y la elusión de la responsabilidad es el pre­mio que se obtiene por una exigencia de eficacia. Un amateur puede hacer las cosas más o menos bien, a su aire; al profesional se le exige un escrupulosa obediencia. Como los siervos medievales, hay que hacer sólo lo que toca hacer, porque de lo demás se encargarán el señor y Dios.


Otro aspecto interesante, y directamente relacionado con el tema del profesionalismo, es la puesta en valor del tiempo vital y, por ende, la esquizofrenia que se genera entre la vida misma, entendida como consciencia sobre el discurrir del tiempo, y el tiempo como mercancía. Si comparamos a Fernando Pessoa y Lucía Etxebarria lo ve­remos claramente, aunque ya sé que es difícil saber con cuál de los dos magos de las letras quedarse. Pessoa traba­jaba como traductor y en sus horas de ocio escribía cosi­tas. Obviamente, como Pessoa soñaba con el regreso de un tiempo más noble regido por el rey don Sebastián, no discernía entre «tiempo de trabajo» y «tiempo de vida». En oposición, Lucía Etxebarria declaró en 2011 que de­jaría de escribir porque su tiempo como narradora no le era rentable a causa de la piratería. Ella, muy profesional, entiende que su tiempo debe ser constantemente puesto en valor, y si el tiempo dedicado a la literatura no es ren­table, hay que abandonarlo. Para un profesional, el ma­yor pecado es que las horas no sean rentables; es tiempo perdido, en suma. Y ahí reside la diferencia radical entre un amateur como Pessoa y una profesional como Etxe­barria: la consideración de la propia vida, contabilizada en unidades de tiempo, como mercancía enajenable.

21 feb. 2013

La salud desenfocada

En un post reciente, Vicente Baos apuntaba a esa costumbre tan arraigada de enfrentar el sufrimiento que vemos en las consultas a base de medicamentos, y se preguntaba sobre si esto no era sino una de las muchas formas de control social, al contribuir a disminuir la crispación y el cabreo.

Una pregunta muy pertinente, pero que corre el riesgo de ser silenciada con un simple pero honesto "¿Y qué otra cosa podemos hacer?". Porque como médic@s nos han formado y entrenado para dar respuestas, para aplacar el sufrimiento, para atacar las enfermedades o al menos sus síntomas... pero no tanto para abordar las causas profundas del dolor, para escuchar sin prisa y deseando entender a quién tenemos enfrente, para acompañar y asumir la impotencia compartida.

Esta cuestión apunta a una de las grandes interrogantes nunca bien abordada en las profesiones sanitarias, la de qué es la salud, ya que se supone que nuestro deber es protegerla y promoverla. El principal escollo es que la salud (y el sufrimiento que supone la pérdida de ésta) está íntimamente relacionada con la vida, tanto individual como colectiva, y eso es algo que nos desborda.

Pero ahí está la clave que merece la pena abordar para dejar de silenciar y ayudar a controlar, convirtiéndonos en verdader@s promotores de salud y de transformación individual y colectiva (porque ambas cosas van íntimamente unidas): ser capaces de abrirnos a la vida de quién está enfrente para comprender lo que le anima, su proyecto; aprender a reconocer sus capacidades y habilidades, que son las que hay que animar a poner en marcha; acompañar y comprometerse a largo plazo con esa persona; favorecer la creatividad y la acción del otr@; permitirnos, en definitiva, reconocernos como aprendices en este proceso de crecimiento que construimos siempre en común.

P.D. Estas notas recogen varias reflexiones que aparecen en el muy interesante libro de "El Cruce de Sabes y de Prácticas", sobre todo en el capítulo de "El proyecto familiar y el tiempo"

12 feb. 2013

La bolsa o la vida

Ha aparecido en algunos medios, pero sin que se le prestara la atención que creo que merece un asunto así. Se trata del escándalo del Hospital de Stanfford, en Reino Unido (referencia tanto antes como ahora respecto a los procesos de construcción y deconstrucción del sistema sanitario en nuestro país). Bajo el paraguas del control de los gastos, los cuidados y la dignidad de los pacientes quedaron en un segundo plano, con los consiguientes efectos sobre la salud de estos (se calcula un exceso de mortalidad en este hospital de entre 400 y 1200 personas).

Ahora algunos dan un paso al frente y piden perdón por lo ocurrido, y se habla de aumentar las inspecciones para que algo así no vuelva a ocurrir. Pero mientras se siga enfocando el debate de la sanidad en torno al control del gasto en vez de priorizar medidas que de verdad protejan y promuevan la salud de todas las personas (lo cual, por otro lado, no sería ni mucho menos tan caro como el sistema actual, encerrado en el circulo vicioso de la enfermedad), hechos así serán posibles. Desde muchos lados se va generando consenso en torno a "lo fundamental" que es la dimensión económica. O se plantea como dicotomía clave la de público/privado, pero sin que ninguna de estas dos variables consiga liberarse del yugo económico ¿Hasta cuándo estamos dispuest@s a creernos esta patraña para poder empezar a hacernos las preguntas de verdad esenciales cuando hablamos de salud, de enfermedad, de vida y de muerte?